Entrevista a Ida Vitale



Ida Vitale: “Ser humano y mujer, ni más ni menos”

Sorayda Peguero Isaac (elespectador.com)

Poco antes del mediodía, la poeta uruguaya llega a las instalaciones de Casa Amèrica Catalunya acompañada de su hija Amparo Rama. Lleva pantalón, chaqueta de terciopelo negro y suéter oscuro estampado con rombos blancos. Los labios pintados con un tenue color rosa, y el habitual toque de lápiz negro que remarca las esquinas de su mirada azul. Ida Vitale llega saludando con una sonrisa espléndida y dos besos, moviéndose con una agilidad que desbarata la idea que uno suele tener de una mujer de 95 años.
La lectura siempre ha ocupado un lugar significativo en la vida de la poeta uruguaya. Cuando era niña, le asignaron la tarea de limpiar la “bibliotequita” de la casa familiar. Allí descubrió autores como Tolstói, Goldoni y Henry Murger. Además de la limpieza, ejecutada con alegría cada sábado, recuerda la paciencia de su tío Pericles, que le leía libros que ella no entendía porque estaban escritos en italiano, un idioma que no le gustaba, a pesar de que era la lengua materna de sus abuelos. “Pero en general –dice la poeta– me gustaba leer sola”.

—¿No le gustaba que su tío le leyera?

—No. Bueno, sí, me gustaba. Pero yo rezongaba cada vez que se detenía, o cuando quería hacer la censura de lo que venía. Después descubrí a Julio Verne, me regalaron a Verne. Supongo que ya habrá desaparecido. A los chicos de hoy deben parecerles más interesantes las noticias que salen en los diarios. Hay un libro que creo que no ha perdido sentido, se llama La isla misteriosa. ¿Lo conocen?
—Sí, claro.
—Ah, bueno. ¡Qué alegría!
—La naturaleza tiene una presencia notable en su escritura.
—Yo tenía una tía que fue secretaria del fundador del Jardín Botánico de Montevideo. No la conocí, pero mi abuela la adoraba. Heredé su cuarto y, en ese cuarto, guardadas en el ropero, encontré unas cajitas con semillas y bichitos muertos, desgraciadamente muertos. En la infancia recibes todo, lo bueno y lo malo. Después nos llega el momento de desentrañar y elegir. Te sirves de lo que la familia te transmite. Luego viene la escuela, donde te enseñan otras cosas. Creo que uno termina haciendo síntesis. Mi tía me dejó su interés.
—Su tía, que también se llamaba Ida.
—Sí. Igual que yo.
Ida Vitale se sumerge pausadamente en las aguas del pasado. Entre las cosas que trae a la superficie están su infancia, nombres de amigos –de ilustres amigos–, su exilio mexicano y los versos melancólicos de Gabriela Mistral que aprendió cuando tenía 12 años.
—“La hora de la tarde, / la que pone su sangre en las montañas”. No me lo sé todo. Creo que la maestra que nos dictó ese poema de Gabriela estaba totalmente desubicada. No confió en que lo bueno era precisamente que no lo entendiéramos. He tenido la suerte de no preguntar lo que no entendía, entonces ese poema se quedó trabajando en mi cabeza.
La ganadora del Premio Cervantes 2018 llegó a España hace unos días. Vino a recibir el galardón que el rey Felipe VI le entregó en una ceremonia que se celebró el 23 de abril en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. Esta tarde, día 2 de mayo, en Barcelona, en un acto organizado por Casa Amèrica Catalunya, la Casa del Uruguay y el Consulado General del Uruguay, ofrecerá un recital poético y recibirá el premio KM 13.774. El nombre de la distinción, que se entregará por primera vez en el auditorio de Casa Amèrica Catalunya, representa la distancia que hay entre Catalunya y Latinoamérica, entre la isla de Pascua y el pueblo mediterráneo de Portlligat.
—El Premio Cervantes, que es el más importante de la literatura en español, se ha entregado 43 veces. Usted es la quinta mujer que lo recibe. ¿No le parece que hay cierto desbalance?
—Sin duda. Esperan mucho para los premios. Por eso se les muere alguno que otro por el camino. En España las mujeres viven más que los hombres, ¿o no?
—Así es.
—Entonces es más injusto. Pero, bueno, los premios llegan por arte de birlibirloque, o por alguien que tiene muy buena voluntad. Yo sospecho que en este caso hubo alguien que animó al resto del jurado, porque, sino, ¿de dónde me sacan?
¿Por qué no se lo cree? Ha dicho que le dieron el Premio Cervantes por compasión, porque está en una edad límite. ¿No ha pensado, aunque sea por un instante, que es digna merecedora de este reconocimiento?
—Más bien creo que es algo de distracción o de desánimo de la competencia (risas). ¿Cuántas escritoras estupendas de América podrían tener este premio? En todas las cosas se activa el azar y, a veces, alguien se entera, y ese alguien tiene más poder. En este caso creo que haber publicado en España también ayudó.
La poesía de Ida Vitale, que esencialmente consiste en “podar y podar”, no pretende ser especializada ni militante. Pero a menudo, en algunas de las ciudades que visita, alguien le habla con entusiasmo de “Fortuna”, uno de sus poemas más célebres, incluido en su libro Trema (Pre-Textos, 2005). Ella dice que sí, que es un poema medio feminista, o un poco feminista, solo un poco.
“Por años, disfrutar del error / y de su enmienda, / haber podido hablar, caminar libre, / no existir mutilada, / no entrar o sí en iglesias, / leer, oír la música querida, / ser en la noche un ser como en el día. / No ser casada en un negocio, / medida en cabras, / sufrir gobierno de parientes / o legal lapidación. / No desfilar ya nunca / y no admitir palabras / que pongan en la sangre / limaduras de hierro. / Descubrir por ti misma / otro ser no previsto / en el puente de la mirada. / Ser humano y mujer, ni más ni menos.”
—Cuando yo decía que no había machismo en el Uruguay, mi marido respondía: “Lo que pasa es que tú nunca estás en una mesa de café de hombres solos”. Yo pensaba que no había machismo porque las mujeres trabajaban mucho, actuaban mucho. En mi casa, la tía que no conocí, la que fue secretaria en el Jardín Botánico, era una mujer muy activa. Y tuve otra tía que fue directora de la mejor escuela de Montevideo. El problema no es dónde llegan las mujeres, sino qué oportunidades se les dan. Si un hombre es más capaz para un cargo que una mujer, perfecto. Pero, primero, que cada uno tengan la posibilidad de ver hasta dónde puede llegar.

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—Usted ha vivido fuera de Uruguay durante 25 años. Tras un exilio de once años en México, por culpa de la dictadura militar, y un breve regreso de tres años a su país, se fue a Texas con su esposo, el poeta Enrique Fierro. Ahora está de vuelta en Montevideo. Ha sido una larga ausencia.
—El exilio tiene dos caras. Tiene una cara humana, de extrañar a la familia y a los amigos. Al principio me costó adaptarme. México, que es un país maravilloso y que ha sido generosísimo con los extranjeros, no tenía nada que ver con Uruguay, un país chiquitito, lleno de rivalidades, con cierta homogeneidad de formación. Pero después está la otra cara: nuevos amigos, gente estupenda, a veces gente que también estaba exiliada. Eso ayuda mucho. Ayuda alejarse del lugar cerrado del que uno viene. Se abren nuevos horizontes, lees otras cosas, conoces gente que es distinta, que piensa de otra manera. Es muy importante ventilarse.
Y hablando de sus años en México, no cualquiera puede decir que plagió con éxito a Gabriel García Márquez, y además con su consentimiento.
—Eso fue muy gracioso. El correo del libro, un boletín para el que yo escribía, me encargó que le pidiera una página sobre Crónica de una muerte anunciada. El pobre García Márquez estaba harto de que le pidieran cosas aquí y allá. Me dijo: “Hazlo tú”. Era muy generoso. Pero yo nunca quise intimar con él. Aunque pude hacerlo, porque era un hombre abierto, y muy amigo de Álvaro Mutis, que también era nuestro amigo. Creo que uno no va a otro país a tocar timbres, a fastidiar a gente importante. Cuando nos conocimos, en casa de los Mutis, yo estaba haciendo ñoquis. Se quedó sorprendido, viendo cómo los ñoquis salían disparados de mis manos.
(Entre risas, Amparo Rama le pide a su mamá que cuente la experiencia de la pasta con Onetti)
—¡Ah, sí! Lo que pasó fue que nos casamos dos parejas amigas, y las dos soñábamos con tener una casa linda, con jardín… Algo imposible. Mi marido y yo compartíamos apartamento con estos amigos, Carlos Maggi y María Inés Silva. Un día invitamos a comer a Onetti y a Felisberto Hernández, dos personas completamente diferentes. Felisberto era divertido, Onetti estaba lóbrego, y de repente te largaba una frase irrebatible. Nosotras no éramos para nada cocineras. Pensamos que teníamos que dejar algo hecho para no estar cocinando delante de los invitados. Así que resolvimos hacer una pasta. Nos salvó Maggi, que llegó y dijo: “Me parece que eso está hirviendo mucho”. La pasta había perdido toda su individualidad. Felisberto decía: “Ay, cómo me gusta la pasta así, tierna”. Mientras que Onetti se quedaba mirando aquello con unos ojos… Después no nos atrevimos nunca más a hacer esos encuentros.
(Interrumpe lo que está diciendo para recordarme que aún nos queda un asunto pendiente: la palabra que expresa su estado ánimo)
—Constancia puede ser la palabra. Claro, porque lo que se escribe no tiene que agotarse en la primera lectura. Uno vuelve, pero tiene que saber volver.
Ida Vitale continúa hablando de un proyecto que tiene entre manos: una novela que lleva 30 años durmiendo en la oscuridad de un cajón. La historia tiene que ver con un lugar del interior de Uruguay, un lugar en el que vivían sus primas. Para no alterar el sueño de las páginas durmientes, no cuenta nada más.
Entonces, ¿pronto tendremos noticias de su novela?
—Estaría bien que yo volviera a reaparecer en el mundo de aquí a cinco años. Pero no en calidad de fantasma.