Daniel Vidart


Discurso de Daniel Vidart a escolares uruguayos
Octubre 2012

Hoy retornan a este mausoleo los restos de Artigas. Son huesos, son polvo, son la ceniza de aquella  gran llamarada  de  libertad  que iluminó las tierras y pueblos rioplatenses con la vida y  pasión del Jefe de los Orientales y Protector de los Pueblos libres. Todos los uruguayos, que ayer fuimos orientales y debemos seguirlo siendo en nuestros corazones rioplatenses, tenemos ideas más o menos claras acerca de   sus luchas y sus pensamientos, adelantados a su época. Y sabemos tambien de  sus  desparejos combates  contra los españoles, contra el centralismo de Buenos Aires, contra los portugueses, contra  el mostrador comercial montevideano y contra  los jefes que, en los momentos de la derrota militar,  desde sus propias filas,  le dieron la espalda. Artigas,  el Gran Traicionado por aquellos contemporáneos que no lo comprendieron y despreciaron, ha sido reivindicado por los historiadores uruguayos y argentinos que en estos  años, cada vez con más fuerza, han puesto de manifiesto las reales dimensiones de su figura de libertador y de pensador.

Artigas, fue uno de los grandes conductores americanos que mas generosamente comprendieron las desdichas de los humildes, las duras condiciones en que vivían los indios, las crueldades de la esclavitud padecida por los africanos y las necesidades de quienes el llamaba los mozos sueltos de la campaña, sus fieles seguidores, víctimas del latifundio, de la injusticia social y de los excesos de los poderosos.

Son bien conocidos sus  pensamientos, unos inspirados en las Constituciones de los Estados Unidos de América,  y otros en las enseñanzas de Félix de Azara, un ilustrado español a quien acompañó en Batoví durante el año 1801. Ellos resplandecen, adelantándose democráticamente a la cultura política de su tiempo, en las Instrucciones del año 1813 y en el Reglamento Provisorio para el Fomento de la Campaña del año 1815. Sería bueno y oportuno que cada uno de los  artículos de estos documentos fundamentales  fueran  explicados por los señores maestros a sus discípulos, que se comentaran ampliamente en clase, que se constituyeran en la memoria  viva, incluida a los programas de historia, de dos textos civicos  siempre actuales, siempre vigentes. Todavía queda mucho por hacer  para que “la pública felicidad” - estas son las fieles palabras de Don José-  favorezca a  los pueblos de la cuenca rioplatense y a los que aún sufren hambre, marginación y desamparo en  los vastos territorios de Sudamérica.
Agradecido por el honor que  me confiere nuestro presidente y obligado por una necesaria brevedad, dividiré mi exposición en tres partes.
En la primera recordaré la condición de las milicias populares que acaudillaba Artigas.
En la segunda destacaré, en esta hora tan importante para la unión económica y el entendimiento político entre los paises de nuestro continente, los pensamientos  del Protector de los Pueblos Libres  sobre  la liberación  de Sudamérica y la soberanía de sus nacientes naciones.
Y en la tercera  destacaré algunos aspectos de su niñez y la constante y no suficientemente reconocida adhesión de los esclavos africanos y afrorientales a su prédica y a su  persona.
Voy a utilizar  para ello, en lo posible, poco conocidas frases del propio Artigas.
Los harapientos integrantes de la montonera, los  tupamaros, como  los dueños del poder denominaban, con desprecio,  a las  tropas criollas de irregulares, es decir, a “los mozos sueltos de la campaña”, y los devotos paisanos  que lo seguían a sol y a sombra, fueron así retratados en  una carta de Artigas al Gobierno de las provincias en el año 1812: “Es un cuadro capaz de comprometer la humanidad hasta el exceso. La miseria no se ha separado de sus filas. Desde el principio todo se ha reunido para
atormentarlos y yo, destinado a ser espectador de sus padecimientos, no tengo ya con qué socorrerles. No se pueden expresar las necesidades que todos padecen, expuestos a la mayor inclemencia. Sus miembros desnudos se dejan ver por todas partes; un poncho hecho pedazos, liado a la cintura, es  todo el equipaje  de los bravos orientales; mil veces he separado mi vista de un cuadro tan consternante: he recurrido a la fuerza pero mi resignación impone la ley de la ternura y es preciso ceder. He sido testigo de las más tristes… privaciones. La piedad, la compasión sobran para  exigir el más pronto auxilio a favor de unos hermanos que compran su libertad al precio de sus infelicidades. La gloria de la patria es socorrer a tan ilustres defensores.”
Hasta aquí las palabras de Artigas. Sin saberlo, aquellos muchachos valientes y decididos, cumplían con lo escrito  muchos siglos atrás por Tucídides, un historiador griego, al reproducir  palabras de Pericles, las que tambien pueden aplicarse a la figura de Artigas en este solemne momento: “La tumba de los grandes hombres es la Tierra entera. De ellos no solo nos habla una inscripción sobre sus lápidas sepulcrales; tambien en suelo extranjero pervive su recuerdo grabado, no en un monumento, sino, sin palabras, en el espíritu de cada hombre.”
Dicho esto,   la siguiente frase de Pericles  puede aplicarse tanto a la  vida, luchas, pensamientos y sacrificios de Artigas como a la devoción y desinteres de los bravos orientales: los de Las Piedras, los del Exodo, los de la intrépida, dolorosa, larga  y despareja patriada, los derrotados y desangrados por los portugueses y la traición de Ramírez.
A esos criollos mestizos se sumaron los indios charrúas, los guaraníes misioneros y los negros libertos. Gentes despreciadas, excluidas y de muy humilde origen, formaron las fuerzas del “pueblo reunido y armado”.”Imitemos a estos - decía Pericles refiriéndose a los combatientes caídos con las armas en la mano-  porque la base de la felicidad es la libertad y la base de la libertad es el coraje”.
El coraje, si, niños uruguayos, el coraje para defender la democracia y perfeccionarla, para reconocer nuestros errores y enmendarlos, para asumir las responsabilidades sin desmayo, para no traicionar ni a  los ideales ni a los seres queridos ,aunque ello nos exija a veces sangre, sudor y lágrimas. Y finalmente, el coraje constante  para instalar, al precio que fuere necesario pagar, el imperio de la paz y la seguridad puertas adentro y puertas afuera de este país heroico y por ello sagrado.  El coraje debe estar siempre presente en nuestras vidas, como me enseñaron en mi Paysandú natal desde chiquito: - “m´hijo, a no recular ni un tranco de pollo aunque vengan degollando”. Y así es y debe ser, ya no en el terreno personal y si en el colectivo,  para ser buenos ciudadanos y buenas ciudadanas, para convertir a nuestro amado Uruguay en  una patria para todos y disfrutada  por todos.
Esa lección de coraje nos la dieron Artigas y los bravos orientales. No renunciemos, cueste lo que cueste, a esos valores de dignidad personal y ciudadana, de defensa de la justicia social, de la igualdad política y jurídica entre los seres humanos, solo diferenciados por sus talentos y sus virtudes.
Escuchemos  esta frase de Artigas. “No hay que invertir el orden de la justicia. Mirar por los infelices y no desampararlos, sin más delito que su miseria. Es preciso borrar los excesos del despotismo. Todo hombre es  igual en presencia de la ley. Sus virtudes y delitos los hacen amigables u odiosos. Olvidemos esa maldita costumbre que los engrandecimientos nacen de la cuna…”
En esta hora de América, que es tan latina en sus idiomas oficiales como india en sus raíces, negra en su legado africano y universal en tanto que  generoso  refugio de pobres y perseguidos, conviene transcribir algunos pensamientos de Artigas acerca de la imprescindible confraternidad y libre colaboración de los países  que van desde el Rio Bravo hasta Tierra del Fuego, incluyendo los del Caribe, una vez rotas las cadenas de la dominación europea.
Sean los pueblos libres, decidan su suerte y cualquiera que sea su resolución nadie se atreverá de nuevo a violarla. Ello será conforme al espíritu que respira la América por la liberalidad de las ideas y fijeza de su destino.”
Otra frase digna de recordar, cuyas palabras no parecen escritas en 1815 sino en nuestros días: : ”Nosotros no debemos tener en vista lo que podemos respectivamente sino lo que podrán todos los pueblos reunidos, porque a donde quiera que se presenten los peninsulares será a todos los americanos a quienes tendrán que afrontar.” Sustituyamos la voz  peninsulares  por  la que califica  las intervenciones económicas del capitalismo salvaje  globalizado y los filibusteros de las finanzas  y estaremos pisando el suelo cenagoso de la actualidad mundial.
 Y para terminar, vaya esta declaración de propósitos que jamás  deberá ser olvidada por nuestros pueblos: “Despliéguense las ideas que harán feliz a América del Sur. Sea ella libre de los extranjeros, desterremos de nuestro suelo hasta el polvo del antiguo despotismo y la posteridad, agradecida, reconocerá en sus bienhechores el mérito de su felicidad.”
Como antes anuncié les ofreceré  a estos miles de escolares una breve  semblanza del Artigas niño. Se crió hasta los 14 años, aquí, en Montevideo,  entre negros. Su ama de leche lo era y le cantaba canciones africanas para hacerlo dormir. Negros esclavos, tratados sin rigor, incorporados a la familia,  le contaban, al igual que  los ancianos de la tribu africana a sus lejanos auditores, acerca de los pueblos de la selva y sus costumbres, junto con las historias de los antepasados llenas de   mitologías hermosas y sorprendentes.  Sus intimos y queridos amigos eran cuatro niños negros de su edad: Gonzalo, los angoleños Gerónimo y Francisco y el inteligente y cariñoso Joaquín, que a mi se me ocurre que lo acompañó toda su vida, y que de pronto no era otro que el Joaquin Lenzina, el famoso Ansina, cuyos restos hoy yacen en la fosa común del pueblo paraguayo de Guarambaré.
Al igual que el “tio” Antonio que lo llevaba y traía de la escuela,  el africano” tio” Peña, cuando se enfrentó con Muesas en Colonia y decidió plegarse a la Revolución de Mayo, lo acompañó hasta Paysandú, juntando por el camino negros cimarrones que formaron el primer ejército de la patria. Unos 200 negros compartieron  su destierro paraguayo, fundando los poblados de Cambacuá y Laurelty, y fueron los negros Lencina y Montevideo  sus fieles ayudantes y  compañeros. Antes de dejar este mundo, a los 86 años de edad, pidió en su agonía que ensillaran el morito, su caballo, porque quería morir montado y no en la cama. En ese momento  solamente Ansina estaba a su lado. 
Fue escaso el cortejo fúnebre, en el cual figuraban solamente seis personas, entre ellas Benigno López, el hijo del presidente  y el infaltable Ansina. Cargaron el ataúd de ordinaria madera en una carreta que, rechinando y dando tumbos, transportó su  cuerpo al camposanto.
Hoy retornamos al rito mortuorio, devolviendo  a un mausoleo oscuro las cenizas de  aquella llamarada de libertad que fuera José  Artigas. La urna está  rodeada por los escolares  de su pueblo, un vivero de futuros gobernantes, de artistas, de científicos, de industriales, de obreros, de pensadores, de buenos y ojalá que bravos orientales. En su sarcófago solo hay polvo.  Pero tras de su memoria respira, trabaja y sueña todo un pueblo.
Del polvo nacimos y al polvo volveremos, dice un libro sagrado. Pero el polvo de sus huesos merece ser exaltado con los versos  finales de  aquel famoso soneto de Quevedo que repetiré  ante ustedes, para dar fin al ahora homenaje personal que  quien les habla, un descendiente directo, brinda a su querido antepasado, el mas grande héroe civil y pensador político nacido en  nuestra tierra, que él procuraba hacer  más dilatada y rica, más llena de pueblos libres, soberanos y confederados.
Esto es lo que dice el aludido poema de Quevedo y  yo traspaso a   nuestro Don José, padre de esa  Patria Grande que, quienes recogimos la antorcha de sus ideales,         deseamos ver prosperar, más temprano que tarde,  en esta tierra  de América, su amada América del Sur: 
Alma a quien  todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a  tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejarán, no su cuidado,
serán ceniza, mas tendrán sentido,
polvo  serán, mas  polvo enamorado.